Hace tiempo que mi restaurante de referencia en la zona es el del hotel de Carril. Con los años parece que vaya más a la expectativa que preparado para una gran comida, lo que me parece triste, en general. Yo no soy de aquí pero vivo aquí y, entre otros detalles, no estoy precisamente pendiente de las apariencias como sí parecen estar muchas otras personas. Quiero buena comida y buen servicio, no que los demás me vean allí para demostrar un supuesto estatus económico.Y eso se percibía en ese lugar según entraban los comensales, sin duda “ayudados” por una carta escasa, que no se distinguía por su gran variedad, pero sí por sus precios, excesivos para el lugar del que estamos hablando. Sé a ciencia cierta que no todo el mundo sabe lo que es un código QR ni cómo se maneja. No todos somos ingenieros informáticos y me pareció una pedantería que hubieran eliminado las cartas tradicionales excusándose en el SARS-COV2. Si la vajilla se lava después de cada uso, ¿las cartas no?Nos atendió primero un camarero simpático, pero dejó paso a otra camarera. Les llamo así porque eran dos. Dos para diecisiete mesas, aunque creo que me dejé alguna para dos personas. Era un momento a la vez triste y a la vez tierno ver a la camarera corriendo entre mesas y mesas y la cocina porque estuvieron sobrepasados durante un buen rato, aunque su compañero no lo hacía.La comida, lo más importante, tenía enormes altibajos. Me gustó el pulpo á feira, escaso pero rico, pero no me gustó nada que los calamares a la romana provinieran de la típica bolsa de congelados de un supermercado o mayorista alimentario. No podía ser más evidente, y por si tenía alguna duda, dos especialistas me lo confirmaron. Un familiar pidió unos callos, de los que se hacen aquí, y se encontró con la desagradable sorpresa de que las piezas del estómago del cerdo y los huesos ocupaban una parte importante de la cazuela, de tal forma que me los comí yo porque es a mí, el que no es gallego, a quien le gustan así.En general me dejó malas sensaciones, pero entiendo que había situaciones y momentos atenuantes como la falta de personal, lo que me pareció insólito, y el aforo casi completo. En cualquier otro caso, calificaría con una estrella y me limitaría a decir que no volveré por allí, lo que probablemente sucederá, aunque los dueños del lugar no se arruinarán por dicha circunstancia. Pero me dejó una buena impresión la camarera de sala que tuvo que echarse unas buenas carreras para poder llegar a tiempo a todas las mesas, algo que no conseguía porque simplemente era imposible, pero se le notaba la voluntad de intentarlo, algo que en absoluto hizo su compañero ni la que parecía jefa de sala, que no servía las mesas. Solo espero que esa chica, anónima en ambos casos, conserve su puesto de trabajo durante mucho tiempo y sus esfuerzos se vean recompensados, quizás con un empleo en el que se valore su implicación en forma de mejores condiciones salariales. Solo por este detalle hago una valoración y un comentario distinto de los habituales en mí. Ánimo, desconocida, eras lo único que valía la pena de ese lugar. Y la tarta de tres chocolates.